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Científico cubano gana el Nobel verde

Una pequeña semilla y la participación popular pueden garantizar alimentos a una familia y mejorar su calidad de vida: eso repetía una y otra vez Humberto Ríos Labrada décadas atrás cuando muchos de sus colegas científicos cerraban sus mentes a la sabiduría de los campesinos o rechazaban sus sugerencias.

Ríos acaba de ganarse el Premio Ambiental Goldman, que los ecologistas consideran un  Nobel verde, precisamente por su labor de una década en lo que hoy se conoce como fitomejoramiento participativo, o sea el proceso por el cual la gente del campo cambió las estructuras genética de las plantas, seleccionándolas para sembrar según su resistencia a las plagas o su adecuación a una tierra en particular.

Cuba puede ser un bonito ejemplo de cómo enfrentar una crisis y salir adelante, expresó en entrevista exclusiva con AP este experto de 47 años, mirada viva, cabello negro ensortijado y que sus curtidos compatriotas del surco miran con respeto.

Ríos creció en la ciudad y estudió pedagogía, pero hoy no puede estar lejos de su pequeña finca ni dejar de trabajar con los campesinos como coordinador del Programa de Innovación Agraria Local (PIAL), una red que se esfuerza por desarrollar una agricultura orgánica y sustentable a partir del mejoramiento de las semillas de manera natural.

No rechaza los transgénicos o los químicos en sí, pero expresó cautela ante ellos.

La tecnología es como un buen cuchillo. Puedes cortar un buen pedazo de pan para darle de comer a un amigo o puedes cortarle el cuello. Todo depende de quien tenga en la mano ese cuchillo, expresó.

La directora del premio, Lorrae Rominger, dijo que la selección de Ríos refleja la importancia que se le da a la agricultura sustentable. Indicó que los logros de Ríos son particularmente notable si se toma en cuenta las limitaciones que enfrentó en Cuba.

Esta claro que es un líder de la comunidad, manifestó.  Empezó de abajo y su trabajo ha crecido de una forma increíble.

La entrevista con Ríos se realizó cuando el investigador visitaba a Mario García, un campesino de 36 años que acaba de recibir una finca de 10 hectáreas en Bauta –a unos 50 kilómetros de La Habana– en usufructo a partir de un programa de distribución de tierras ociosas iniciado por el presidente Raúl Castro en medio de una campaña para mejorar la producción de alimentos del país.

Cuba gasta unos 2.000 millones de dólares cada año en importar comestibles para cubrir la demanda de la población, incluyendo arroz y frijoles, componentes básicos en su dieta.

García y su padre de 72 años, conocido como  El Moncho, ya trabajaron junto a Ríos en otra finca que tenían en la provincia de Pinar del Río.

Llevo 12 años trabajando con él (Ríos). Desde que comenzó el proyecto somos de los primeros campesinos en trabajar con él, expresó orgulloso García hijo, mientras su padre palmeaba sonriente al ambientalista.

Aunque durante milenios las productores intuitivamente escogieron las semillas para darle características a un fruto –que sea más dulce o con cáscara más fina o se vea mejor– y lograr resistencia –a la sequía, a las plagas o depredadores–, con la llegada del sigo XX, la ciencia y los expertos acapararon esta suerte de  potestad imponiendo criterios a los campesinos y negándoles sus saberes tradicionales; fomentando además los pesticidas y químicos para obtener mayores rendimientos sin importar el deterioro ambiental.

El que un cubano gane este premio resulta paradójico pues Cuba llegó a ser en la década de los 70 uno de los primeros consumidores regionales de agroquímicos y fertilizantes.

Pese a la extensa tradición agrícola de la isla, el azúcar en el siglo XIX –y los intereses económicos para convertirla en monocultivo– fue el primer factor en un camino que terminó en una fuerte crisis en los cultivos y en la degradación de la tierra.

El paso del tiempo tampoco la benefició a Cuba en términos de sostenibilidad: tras el triunfo de la revolución en 1959, las autoridades se entusiasmaron con la llamada  revolución verde, un sistema basado en el uso de fertilizantes y pesticidas.

Cuando la Unión Soviética se disolvió a comienzos de los 90 y la isla se encontró sin proveedor de químicos, sin mercado para su azúcar, con su tierra degradada, con su biodiversidad limitada y sin alimentos para su población o dinero para comprarlos, cundió el pánico.

Fue entonces que Ríos logró convencer a los científicos de que escuchasen a los campesinos y a estos de que trabajasen entre sí para recuperar en Cuba la diversidad genética de sus semillas.

Durante el periodo especial (como se denomina a la crisis de los 90) pensamos que nos íbamos a morir todos, pero el conocimiento de los agricultores y científicos se unieron para buscar variantes de cómo producir sin esos insumos, rememoró Ríos, al reconocer la resistencia de los expertos para ver lo mucho que tenían que aprender de los sencillos hombres del campo.

Por ese entonces, Ríos era un joven aspirante al doctorado en ciencias agrícolas en el Instituto Superior Pedagógico para la Educación Técnica y Profesional. Sin embargo, decidió trabajar con los campesinos para ampliar la variedad de sus semillas, estimulando que ellos mismos experimentaran y eligieran las mejores para cada suelo.

Cantante aficionado de música tradicional, usó además su simpatía y sus dotes artísticas para transmitir conocimientos y comenzó a organizar sus  ferias de las semillas, una suerte de foros de contacto entre productores.

A finales de los 90 montó una red nacional –luego convertida en el PIAR– que actualmente cuenta con aportes de dinero de organizaciones canadienses, de Holanda y el Reino Unido, entre otros.

Para mí, lo interesante de su trabajo no sólo es el fitomejoramiento participativo, que en sí era bastante novedoso y revolucionario, sobre todo hace 10 años. Lo que hemos visto en Cuba es cómo algo relativamente estrecho (el trabajo con las semillas) se extendió, comentó a la AP Conny Almekinders, de la Universidad de Wageningen en Holanda.

El programa es ahora una verdadera fuente de  innovación rural con  elementos de género, de comercialización, procesamiento de alimentos, agregó la académica.

El Premio Ambiental Goldman comenzó a concederse a partir de 1990 y reconoce el trabajo de  ecologistas de base cuyas iniciativas tengan un fuerte impacto en las comunidades.

Es difícil cuantificar los resultados del programa de Ríos, pero en todas las comunidades en las cuales fue aplicado se mejoró la calidad de la tierra, se comenzó a hacer una agricultura orgánica y las familias contaron con más y mejores productos.

Unos 50.000 campesinos se beneficiaron en lo que va de la década con este proyecto, que implica menos gasto en fertilizantes, una producción variada de alimentos, un semillero adecuado a las condiciones de las tierras y el medio ambiente locales.

Para el país significa un gasto menor en la importación de alimentos.

Tradicionalmente los que teníamos la licencia de seleccionar semillas éramos los científicos. Lo que hizo el programa fue que todas esas semillas que estaban en las instituciones, en los bancos de genes quedaran a libre disposición de los campesinos, comentó Ríos.  Luego les facilitamos la experimentación y el intercambio y el tercer paso fue facilitar los resultados.

Se trata, explicó Ríos, de lograr  una agricultura diferente, que se base en la diversidad, donde los agricultores tengan mucha más participación y donde los científicos fortalezcamos esos conocimientos que tienen las capacidades campesina.

El premio Goldman dota cada año con 150.000 dólares a un líder por cada una de las seis regiones continentales habitadas del mundo: Africa, Asia, Europa, Islas y Naciones Isleñas, Norteamérica, y Sur y Centroamérica.

Esta es la primera vez que recae en un cubano.

Fuente : El Universo

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